Gratitud
Mirar hacia arriba
Este es fácilmente el quinto intento de desenredar el nudo que se me hizo en la garganta en septiembre del año pasado cuando pisé Roma por primera vez. Bear with me.
En algún momento del 2025, en un impulso emocionante, quizás desordenado, decidí, intempestivamente, que asistiría al matrimonio de mi amiga Ana en Londres. Por «intempestivamente» quiero decir que compré los tiquetes tres semanas antes de viajar. Decidí, además, que en ese mismo viaje conocería Roma. Una ciudad a la que le he tenido miedo por su herencia histórica y cultural, que no conozco, y que sentía que debía conocer antes de ir.
Hoy, en febrero de 2026, estoy segura de que esta fue la mejor y más irresponsable decisión que tomé en 2025.
Yo creo que antes he dicho que la gratitud me cuesta. Me cuesta entenderla cuando la siento; me cuesta desear que otro la exprese hacia mí. Sentirme agradecida es lo más raro, lo que más me cuestiona, porque cuando miro hacia atrás parece que me he pasado la vida buscándola. Buscando, por mis propias fuerzas, sentir gratitud por las cosas por las que creo que debería sentirme agradecida.
La primera noche en Roma comimos pasta y supli, esas bolitas de arroz fritas, tomamos vino, terminamos con gelato y resolvimos, por nuestro bien y el de nuestro descanso nocturno, caminar hasta el “hotel” (quiero decir con todas mis fuerzas que era una residencia de monjas pero tristemente no lo fue) que estaba a 30 minutos del restaurante. Caminamos por la V. dei Coronari, donde están todos los tourist traps, hasta llegar a la plaza Navona, que tocaba atravesar.
En la plaza, vimos a un grupo de gente con pinta de ser locales entrando a una iglesia chiquitica en la esquina y decidimos seguirlos. Empezaba una misa cualquiera un lunes cualquiera a las nueve de la noche en el centro de la ciudad. Sin saberlo, sin planearlo y sin entenderlo aún, esta sería la única iglesia normal* a la que entramos en toda la semana. La única iglesia que no nos obligó a mirar hacia arriba.
*Obviamente, normal para Roma, esa misma iglesia en Medellín sería la más linda de América.
Nos quedamos porque ¿qué más hace uno en un paseo-peregrinación en el que entra a una misa sin querer? Fue normal. Tan normal que me permití pensar. En el piso, en la madera de las sillas, en la plaza de afuera. En el cura dando la misa, en la gente con ropa normal, no de turista instagramera viral, sino de día hábil, lunes por la noche, con las arrugas que se fueron formando desde la mañana y la textura esa de sudor seco porque allá se camina todo el día y a todos lados.
Entre mis esfuerzos por eliminar esos pensamientos que me separan de mi rito favorito de toda mi religión apareció este: esta iglesia la hizo alguien como yo.
Hace siglos, con otras condiciones socioculturales, que habla italiano y desayuna pan dulce con café dulce. Que seguramente algún lunes se levantó con pereza de ir hasta la plaza Navona a seguir poniendo ladrillos o armar las bancas, así como yo. Alguien con un hermano menor (o quizás siete) y unos papás trabajadores, por quienes su trabajo de pegar ladrillos en algún momento cobró sentido. Alguien que salió algún viernes a compartir una cerveza (¿ya existía la cerveza?) con sus compañeros de construcción y, gracias a eso, conoció a una bella muchacha con quien se casó, tuvo hijos y luego envejeció y murió.
Alguien como yo, una persona de carne y hueso y quizás no tanto tiempo para pensar en bobadas, entregó tiempo, esfuerzo y trabajo de su vida para que, el lunes 29 de septiembre de 2025 a las 21:00, un grupo de más o menos 9 personas disfrutáramos de una misa cualquiera. Para mí, ese pensamiento hizo que esa misa no fuera una misa cualquiera.
Ese fue, con una seguridad ajena que me habita, el mayor regalo que recibí en el año.
Que soy pequeña, que no soy nadie (aunque termine siendo alguien en este período de tiempo en el que vivo aquí en el mundo), pero que lo que hago, ayer y hoy, y en los años de vida que me quedan, es para alguien como yo, que va a vivir después de mí.
Nunca he tenido un proyecto tan grande como participar en la construcción de una de las iglesias normales de Roma. Yo hago otras cosas, posiblemente con menor capacidad de permanencia, mucho menos importantes. Y, con toda seguridad, digo que nunca las he hecho pensando en que son para otros que hoy no existen. Este texto, por ejemplo, lo leerán algunos de mis amigos a los que les llega un email y ya. Jamás se me ocurriría pensar en que quienes estudien los registros antiguos del internet podrían llegar a leerlo, como haciendo arqueología digital o el nombre que le pongan a la cosa que se inventarán para estudiarnos desde el futuro.
Pero participar en la construcción de iglesias en Roma y en todos lados ha sido siempre un trabajo normal. Salvo que uno sea Gaudí o Miguel Ángel, muy poquitas personas son históricamente reconocidas por eso. Nadie se acuerda del que puso las lámparas cuando fundaron San Juan Apóstol en Medellín, menos del que la diseñó.
De la misma manera ha funcionado en mí el sentimiento de gratitud. Siento, constantemente, gratitud hacia las personas con las que interactúo a diario sin pensar en que antes de cada una de ellas hubo alguien que hizo que fueran quienes son. Yo soy yo por mis papás, que son por mis abuelos, que son por mis bisabuelos, que son por mis tatarabuelos. Y así todo el mundo. Pero uno no piensa en eso y lo normal es no hacerlo.
Construir una iglesia, entonces, es parecido a construir una persona. Existe un templo porque alguien lo hizo con esfuerzo; ese templo permanece a simple vista intacto; con los años lo empiezan a marcar los signos de la edad. Recibe visitantes todo el tiempo. Algunos dejan la huella de sus zapatos; otros entran descalzos para no ensuciar ni hacer mucho alboroto; otros se remangan la camisa y transforman su interior. Algunos lo habitan para siempre; otros, con los años, van y vuelven; otros se van.
Ese templo humano, de carne, luego muere. Pero quedan registros como fotos, videos, textos escritos en diarios o en servilletas de restaurantes, memorias en otros templos que lo recuerdan, y, ojalá, queden otros templos que son porque ese templo fue.
Al final, quedé con la certeza de que no soy nadie. Pero soy todo. Soy yo solita en mi casa, pero soy la humanidad que vivió desde 1994 hasta el dosmil algo. Soy la gente cuando digo que amo a la gente y también cuando me quejo de la gente. Vivo sola, pero soy parte de algo enorme que abre caminos para la humanidad que vendrá a vivir aquí años, siglos, después.
Soy parte de la humanidad afortunada que puede disfrutar de las excentricidades que permanecen del barroco y que vienen de él (Las hijas de Felipe dicen que TikTok es barroco), y también de la que se distrae en misa en una de esas iglesias porque no es capaz de no mirar hacia arriba.
P.D.: siento que no he terminado de procesar ese pensamiento tan raro, pero this seems like a good ending. De pronto, más adelante sale más sobre este mismo tema.
Recomendaciones
Sacar raticos en los viajes para hacer cosas cotidianas, de locales. Mariana y yo fuimos al rosario nocturno de la parroquia a la que pertenecía nuestro “hotel”: Santa María la Mayor. (La iglesia favorita del Papa Francisco y una de las cuatro basílicas papales).
Pensar cosas y perseguir lo que surge a ver hacia dónde los conduce.
Libros: la colección Ópera Prima de angosta editores, que son puras primeras novelas de autores colombianos nuevos. Uf.
Podcast: Las hijas de Felipe. Cada episodio es una obra de arte, literatura, historia y humor. Aquí el último, que me hizo reír duro alzando pesas en el gimnasio.



